Claves para detectar un Trastorno del Espectro Autista (TEA)

Por Sara Fernández Liaño

Hasta hace poco, los Trastornos del Espectro Autistas se incluían dentro de los Trastornos Generales del Desarrollo (TGD) y en ellos se incluían, entre otros, el Síndrome de Asperger, y por supuesto, el autismo. Estos son clasificados dentro del mismo grupo de trastornos por sus grandes similitudes. De hecho, se ha utilizado la palabra “espectro” para dar a entender que entre ellos existe un continuo. Hay autores que afirman que son el mismo trastorno con distintas intensidades y otros que aseguran que son trastornos diferentes con grandes similitudes. En la actualidad, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V) clasifica un único trastorno; El Trastorno del Espectro del Autismo, sin añadir subtipos ni diferencias entre las patologías incluidas anteriormente. Sin embargo ¿Cómo podemos averiguar si nuestro hijo padece alguna de ellas?

En primer lugar, es importante saber que las causas de este trastorno son aún desconocidas. En los años sesenta se hizo famosa la teoría de “las madres nevera”.  Esta afirmaba que, la falta de cariño de las madres hacia sus pequeños producía el síndrome. Hoy en día, se sabe que eso no es cierto, y aunque las causas siguen siendo desconocidas, se hablan de teorías genéticas, virales, biológicas, problemas en el embarazo, etc.

En segundo lugar, debemos comprender que es un trastorno con el que se vive de por vida. No se ha encontrado un tratamiento eficaz ni una cura para este tipo de síndromes. Lo que sí se sabe, es la importancia de una detección temprana para poder trabajar cuanto antes con los pacientes y darles estrategias y herramientas útiles.

Este tipo de síndromes, pueden diagnosticarse desde los 18 meses. Hay estudios con hermanos, y otros que buscan marcadores, para conseguir una detección más temprana. En los hogares, suele ser más evidente el problema a los tres años de edad, cuando comienzan a percibirse anomalías en el lenguaje. Además, su prevalencia suele ser un 85% mayor en niños que en niñas. Sin embargo, existen otras señales que pueden ayudarnos a detectar que algo no va bien.

Tanto en el autismo como en el asperger (actualmente sin distinción en el DSM-V), existe una marcada alteración en algunos aspectos del desarrollo. Esto se manifiesta, sobre todo, en una deficiente interacción y comunicación social. También puede existir una alteración o retraso en el lenguaje. Su pensamiento es rígido y poco flexible a la hora de querer modificarlo. Además, las actividades que les interesan y sus patrones de comportamiento suelen ser muy restrictivas, repetitivas y estereotipadas.

¿Qué significa todo esto? Cada niño tiene una manera de comunicarse con el mundo. Hay niños más tímidos que otros; a unos les gustan más los juegos deportivos y a otros los de mesa; hay niños a los que se les da mejor las matemáticas que a otros, etc. Sin embargo, no son este tipo de características en las que debemos fijarnos para averiguar si nuestro pequeño sufre un trastorno de este tipo. Los niños que sufren un síndrome como este:

  • No es que no les apetezca o aburra relacionarse con otros niños. Es que, al hacerlo, se les puede ver sufrir porque no les entienden, y eso conlleva que no quieran interactuar. Un niño sin trastorno, a través de la experiencia, entiende que una sonrisa supone que esa persona está contenta, y es algo que analiza de manera automática. Un niño con autismo o asperger, debe aprender de manera consciente que esa expresión facial significa felicidad, y cada vez que vea una, buscar en su registro de expresiones, y de manera voluntaria, darle ese significado, algo que es agotador. Por eso, muchas veces, estos niños evitan el contacto visual, o parece que no son empáticos con los sentimientos de los demás.
  • No tienen problemas a la hora de construir frases correctamente. Su dificultad reside en la pragmática, es decir, a la hora de darle un significado a esa frase. Cuando nosotros hablamos con las demás personas tenemos la intención de comunicar algo, y es eso lo que este trastorno impide conseguir. Si un niño sano le dice a su amigo: “¿Tienes un boli?” El compañero entenderá que necesita un bolígrafo y se lo prestará. Sin embargo, si el compañero padece de autismo le contestará: “Si tengo”, pero no será capaz de comprender la intención que tenían su amigo al hacerle la pregunta. Esta falta de, llamémosla “intencionalidad”, lleva consigo una literalidad en el lenguaje, que hace que también tengan dificultades en la prosodia, el tono, volumen, entonación, etc.
  • Suelen realizar conductas estereotipadas y muy repetitivas. Es decir, cuando encuentran algo que les gusta, normalmente algo mecánico, suelen repetirlo una y otra vez, hasta parecer que no les interesa nada más. El hecho de que les cueste tanto entender lo que está sucediendo en su entorno, provoca que estos niños se sientan cómodos haciendo siempre lo mismo, una y otra vez. Cuantos menos cambios haya a su alrededor más seguros, protegidos y tranquilos se sentirán. Por eso, repiten muchas veces las mismas conductas, porque les calma la ansiedad y se sienten relajados. Tanto que, a veces, esos movimientos pueden convertirse en estereotipias.
  • Todas estas dificultades que el niño con TEA encuentra en su día a día hacen que, a menudo, encontremos alteraciones concomitantes como pueden ser fobias, sensibilidad a los sonidos fuertes, colores, luces, sabores; trastornos del sueño y la conducta alimentaria, hiperactividad, rabietas, agresividad, etc.

Hasta hace poco, muchos autores encontraban diferencias claras entre el Síndrome de Asperger y el autismo. No existen evidencias encontradas de que sean patologías diferentes; sin embargo, esas diferencias también pueden ayudarnos a descubrir si hay algún problema y cuál es:

  • El 75% de los niños que sufren de autismo también padecen retraso mental. Sin embargo, en el Síndrome de Asperger la inteligencia suele estar en unos niveles de normalidad.
  • Aunque no es un síntoma claro hoy en día, el Síndrome de asperger está relacionado con una torpeza motora, suelen tener más dificultades a la hora de realizar deportes.
  • Es más fácil detectar antes un trastorno autista que un Síndrome de Asperger ya que, este último, no suele hacer tan evidentes sus dificultades hasta que alcanza una determinada edad que puede llegar a los 7 años.
  • Las dificultades en el lenguaje que se encuentran en estos dos trastornos tienen la parte pragmática en común, sin embargo, los asperger pueden llegar a tener un vocabulario muy rico. En los dos trastornos puede darse un gran interés por un tema concreto, tanto que puede hacerse obsesivo. Pero es el Síndrome de Asperger el capaz de desarrollar una gran memoria, gracias a ese meticuloso vocabulario, para todo lo relacionado con él, aunque no sea relevante, y convertirse en grandes expertos. Más adelante encontraran dificultades al querer integrarlo todo.

Lo más importante a la hora de sospechar sobre un trastorno del espectro autista es, sobre todo, observar de qué manera, el pequeño, interactúa con los demás. Si detectamos dificultades en las relaciones sociales por falta de entendimiento; alteraciones en el lenguaje, sobre todo en el “intencional”; y actitudes muy repetitivas o movimientos estereotipados (balanceos, oscilaciones, etc.) debemos acudir a nuestro pediatra y contarles detalladamente lo que hemos observado.

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